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4. El primer allanamiento: lo que realmente ocurrió

  • 28 nov 2025
  • 3 min de lectura

Actualizado: hace 3 días

A veces, un país enfrenta sus propios fantasmas.

Y a veces, esos fantasmas se presentan en la puerta de tu casa.





En este blog quiero relatar, con respeto pero con total claridad, lo que ocurrió en el primer allanamiento que sufrí.

No para victimizarme, sino para dejar un registro real, humano y documentado de hechos que —años después— siguen sin una explicación lógica dentro del marco legal paraguayo.


Aquel día amaneció como cualquier otro… hasta que hombres armados ingresaron a mi hogar, a mis espacios personales, a la intimidad de mi familia. Entraron con armas visibles en habitaciones donde había menores de edad, un hecho que, desde mi perspectiva, contradice protocolos básicos de actuación y protección a niños reconocidos tanto por la ley paraguaya como por tratados internacionales.


La orden judicial era simple: allanamiento y secuestro de equipos.

Pero la forma en que se ejecutó, desde mi perspectiva, jamás fue simple, proporcional ni compatible con las garantías básicas del debido proceso.


Durante todo el procedimiento escuché repetidamente la amenaza:

“Podemos llevarte detenido ahora mismo.”

A cada minuto.

A cada gesto.

Sin que se me presentara un fundamento claro, sin una sola prueba técnica previa, sin una acusación concreta.

Apenas una denuncia presentada por un tercero, sin verificación, sin consulta, sin análisis técnico, sin un solo requerimiento formal a mi empresa para solicitar documentos o demostrar licencias —licencias que sí existían.


Lo que buscaban ese día —según ellos— era evidencia de un supuesto delito.

Lo que encontraron fue exactamente lo contrario: todo estaba en regla, todo estaba ordenado, cada servidor, cada documento y cada autorización técnica estaban disponibles y en condiciones de ser verificados.


Tanto así que, incluso con toda la presión, no pudieron detenerme, ni justificar en el lugar ninguno de los motivos que habían alegado en la denuncia.


Y aun así, clausuraron el data center.

No se llevaron los equipos ese día.

No pudieron desmantelar la operación como aparentemente pretendían.

Pero tomaron una decisión que, en la práctica, paralizó nuestro trabajo.


Clausuraron el data center.


Lo hicieron aun después de encontrar documentación, contratos, licencias, registros técnicos, homologaciones ante CONATEL y todos los elementos que demostraban que nuestra operación no era clandestina ni improvisada.


La orden parecía orientada a desarmar completamente el data center y llevarse los equipos.

Pero las pruebas documentales eran tantas, y la estructura legal y técnica estaba tan claramente presentada, que no pudieron avanzar de esa forma sin que el procedimiento se volviera todavía más escandaloso.


Entonces hicieron lo que pudieron hacer:

cerraron el lugar.


Y con esa clausura nos impidieron entrar, operar, realizar mantenimiento, reiniciar servicios, corregir fallas técnicas, atender canales, revisar servidores o solucionar cualquier problema operativo.


Un data center no es una oficina común.

Un data center necesita acceso técnico, monitoreo, mantenimiento y capacidad de respuesta.

Si se bloquea el ingreso, se bloquea la operación.


Ese día no encontraron una sola prueba concreta del supuesto ilícito que motivó el allanamiento.

Encontraron documentos.

Encontraron contratos.

Encontraron licencias.

Encontraron registros.

Encontraron homologaciones.

Encontraron una operación técnica real.


Y aun así, clausuraron.


Nunca —ni fiscal, ni policía, ni juez— me consultaron antes del allanamiento:

“¿Tu empresa tiene licencias?”

“¿Puedes mostrarlas?”

“¿Puedes justificar el origen de esta tecnología?”


Nada.

Solo ejecutaron la medida, clausuraron el lugar y se retiraron.


Y todo ello basado en una denuncia aislada, presentada por un estudio jurídico vinculado a intereses comerciales del mercado audiovisual, pero sin una sola comprobación previa contra mi empresa, mis contratos internacionales o mi persona.


Aquel allanamiento marcó un antes y un después.

No solo por la violencia innecesaria,

ni por el daño económico,

ni por la exposición pública,

sino porque inauguró un proceso en el que la legalidad quedó en segundo plano,

y donde el debido proceso empezó a romperse punto por punto.


Este vlog no busca dramatizar.

Busca dejar claro que el origen de todo este conflicto ya nació con irregularidades profundas:

● procedimiento desproporcionado,

● amenaza constante de detención sin causa,

● ingreso armado a espacios donde había menores,

● clausura del data center sin pericia técnica previa,

● ejecución basada en suposiciones y no en hechos.


Hoy, años después, sigo aquí.

Con serenidad, con respeto, con documentos en mano.

Y sigo contando mi historia —no para pelear, sino para que la verdad quede registrada.


Porque toda persona tiene derecho a defender su honor.

Y este espacio es parte de esa defensa.

 
 
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